Alienacion del Trabajador
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Última versión : 2026-08-26
Este artículo es parte del Curso básico de Liberalismo y Escuela Austríaca de Economía -> Marxismo
La crítica marxiana de la alienación no es un lamento psicológico (“el trabajo aburre”).
Es una tesis filosófica: el capitalismo separa al ser humano de su propia actividad, de lo que produce, de su naturaleza de especie y de los demás.
La disputa con austríacos, liberales y otras corrientes empieza ahí: qué cuenta como “naturaleza humana”, si el intercambio es extrañamiento o cooperación, y si el remedio (abolir la propiedad privada de los medios) cura o agrava el mal.
1. Qué dice Marx
El texto canónico son los Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Marx toma de Hegel la Entfremdung (extrañamiento) y de Feuerbach la idea de que el hombre proyecta su esencia en un objeto ajeno (Dios).
La desplaza de la religión a la producción. El dato de partida no es un sentimiento, sino un hecho económico: cuanto más produce el obrero, más pobre es como mercancía; el producto se le enfrenta como poder independiente.
Cuatro formas, que se implican:
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Respecto del producto. Lo que hace no le pertenece. Se objetiva frente a él y lo domina (la máquina que él construyó dicta el ritmo; el capital acumulado le impone condiciones).
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Respecto de la actividad. El trabajo no es expresión de sí, sino medio para otro fin (el salario). Es externo: “en el trabajo no se afirma, se niega”. Lo humano (crear con conciencia) se vuelve animal (comer, procrear fuera del taller); lo animal se vuelve lo único “libre”.
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Respecto del Gattungswesen (ser genérico). Lo específicamente humano, para Marx, es producir de forma libre, universal y consciente —no instintiva, como el animal—. El trabajo asalariado reduce esa potencia a medio de supervivencia.
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Respecto de los otros. Las relaciones pasan por cosas (mercancías, salarios, competencia). El otro aparece como rival o como dueño, no como coproductor de un mundo común.
En la madurez, Marx cambia el vocabulario. En su libro El capital predomina el fetichismo de la mercancía: las relaciones entre personas se presentan como relaciones entre cosas; el valor parece una propiedad del objeto. La alienación no desaparece; se vuelve estructura del mercado, no solo drama del obrero de 1844.
La tesis política es nítida: la alienación no es destino antropológico, sino efecto de la propiedad privada de los medios y del trabajo asalariado. Se supera socializando la producción, de modo que el productor reconozca su obra y coopere sin mediación mercantil.
El comunismo se presenta como “resolución del conflicto entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre”.
Hay que marcar un matiz interno al marxismo: Althusser y parte del marxismo “científico” consideraron los Manuscritos un Marx aún feuerbachiano, humanista y esencialista, separado del Marx de las relaciones de producción.
Otros (Fromm, Mészáros, el marxismo humanista) leen la alienación como hilo de toda la obra. Esa fisura ya es una crítica desde dentro.
Críticas austríacas
La Escuela Austríaca de Economía no niega que haya trabajo rutinario, jerarquías o malestar. Niega que eso se explique como enajenación de una esencia productiva causada por el intercambio y la propiedad.
a) No hay “esencia genérica” que el teórico pueda dictar
Marx necesita una "Naturaleza humana universal" (Gattungswesen): el hombre realizado es el productor omnilateral que se reconoce en su objeto.
Ludwig von Mises parte de otra antropología: el hombre es ser que actúa bajo escasez, con fines subjetivos heterogéneos.
No hay una lista objetiva de “actividades auténticas”.
Lo que para uno es creación (el taller, la empresa, el cálculo) para otro es carga.
Convertir una imagen del artesano-artista en norma de la especie es metafísica, no ciencia de la acción.
Si la “esencia” la define el teórico o el Partido, la desalienación se vuelve tutela: alguien decide cuándo usted ya es “plenamente humano”.
b) La división del trabajo no es mutilación; es cooperación
Marx hereda de Adam Smith la división del trabajo y la carga de signo negativo: especializarse es perder la totalidad de la Naturaleza humana universal.
Para Carl Menger, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, la división del trabajo es el hecho social elemental que multiplica conocimiento y producto.
Nadie “se reconoce” en el conjunto de bienes de una economía compleja; precisamente por eso existen precios, que condensan información que ningún productor posee.
Pedir que cada uno contemple su obra terminada como el alfarero contempla el cántaro es nostalgia de la economía corta, no un programa para cientos de millones de personas.
Hayek añade: el malestar moderno no prueba que el mercado “domine” al hombre. Prueba que el Orden Espontáneo supera la escala en la que la mente individual abraza el todo.
Querer restaurar la transparencia del productor sobre el producto es, en la práctica, exigir un directorio que sí pretenda ver el todo.
c) El salario no es extrañamiento de sí; es contrato intertemporal
Eugen von Böhm-Bawerk: el capitalista no se apropia de un “valor-trabajo” ya cristalizado. Adelanta bienes presentes a cambio de un producto futuro.
El obrero prefiere el salario ahora a esperar la venta.
Sin Teoría del valor subjetivo y sin Preferencia Temporal, la plusvalía —y con ella la idea de que el producto “ajeno” es vida robada— no se sostiene.
Si no hay sustancia-valor incrustada en la mercancía, el fetichismo describe mal el fenómeno: el precio no es un velo místico; es un índice de valoraciones ajenas.
d) Inversión del diagnóstico de la explotación
Hoppe y Murray Rothbard aceptan que hay clases y explotación, pero las sitúan en la política, no en el intercambio voluntario.
Explotar es obtener ingresos por coacción (impuesto, privilegio, monopolio legal).
El contrato salarial, si es libre, no aliena la persona: aliena un servicio por tiempo, que es lo que cualquier cooperación compleja requiere.
El programa marxista —concentrar los medios en el Estado o en “la sociedad”— crea el monopolio de la violencia sobre el trabajo mismo.
La alienación respecto de un patrón se sustituye por la alienación respecto de un aparato que no se puede abandonar cambiando de empleo.
e) El remedio agrava el problema que denuncia
Mises, en El socialismo, argumenta que sin Propiedad Privada de los medios no hay Cálculo económico.
Una economía “desalienada” porque ya no hay mercancías seguiría teniendo que asignar acero, horas y tierras. Esa asignación la haría una oficina.
El productor no se reconcilia con su producto: se enfrenta a un plan que no eligió y a sanciones políticas si se desvía.
La experiencia del siglo XX (trabajo Stajanov, destierro, cartilla, “enemigo del pueblo”) no es accidente: es lo que ocurre cuando se prohíbe la salida y el precio.
Hayek, en Camino de servidumbre, traduce esto a antropología política: para que “la sociedad” posea los medios, alguien debe hablar en nombre de la sociedad. Ese alguien no desaliena; personifica el poder que Marx atribuía a las cosas.
f) El empresario como figura que Marx no puede pensar bien
Kirzner: la acción empresarial es el estado de alerta, el descubrimiento de desajustes. Eso es lo contrario de un trabajo puramente heterónomo.
Marx ve sobre todo al obrero de fábrica y al rentista; ve mal al que inventa un proceso, arriesga capital y coordina.
Una teoría de la alienación centrada en la línea de montaje de 1844 no cubre el trabajo cognitivo, el autoempleo ni la empresa pequeña —que son, empíricamente, gran parte de la vida económica moderna.
Qué queda en pie y qué no
Queda en pie, incluso para un austríaco o un liberal, una observación empírica: mucha gente vive el empleo como medio ajeno, no como obra; la gran organización es opaca; el consumo puede volverse identidad prestada. Weber y Simmel dicen algo parecido sin plusvalía.
No queda en pie, si se acepta la crítica austríaca y liberal:
- que esa opacidad sea fetichismo (ocultación de una sustancia-valor) y no el reverso del uso de conocimiento disperso;
- que la cura sea suprimir el intercambio de medios de producción;
- que exista una esencia de especie cuyo cumplimiento justifique reorganizar la sociedad entera;
- que el obrero de 1844 sea el tipo antropológico universal.
La paradoja que subrayan Mises y Hayek es brutal: la teoría que más habló de reconquistar el producto para el productor inspiró órdenes en los que el individuo no podía ni elegir el producto ni salir del plan. (Ver -> Planificación Central)
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